Cada día somos más dependientes de la tecnología; teléfonos con más prestaciones, ordenadores más rápidos, internet más social… todo parece integrarse en nuestra vida cotidiana de forma sencilla y natural. Pero no siempre es así. Si recibes atención primaria en el Sistema Sanitario Público de Andalucía, probablemente te parezca familiar esta escena: un médico se pelea a) con el teclado, escribiendo con dos dedos, b) la impresora de recetas y volantes, o c) con los cuelgues o las pantallas de Diraya.
Hoy por hoy (casi) ningún médico andaluz es capaz de imaginar una consulta sin ordenador. Sin embargo, en la atención sanitaria, los mejores profesionales suelen ser los más maduros, por su experiencia acumulada, y son precisamente ellos los que más dificultades encuentran para adoptar las nuevas herramientas de trabajo. Y esto es normal, igual de normal que para los nacidos en el siglo XXI un móvil es algo que todos tienen y que siempre se lleva, o que todas las cámaras de fotos se enchufan al ordenador. El problema es claro, y en breve estará presente en todos los ámbitos de la atención sanitaria. Las consecuencias, como siempre, las sufre (y sufrirá aún más) el paciente.
Es triste pensar que, lo que muchos entendemos como progreso, obliga a otros, grandes profesionales, a apartarse del camino. ¡Qué desperdicio!
Pero, ¿cómo podemos ayudarles? ¿Más tecnología para un problema provocado por la tecnología?
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