La primera vez que le ví parecía un tipo tosco y serio, comprometido con su labor, con su trabajo. Su trabajo era su vida. Parecía altamente competente, de esta gente que impone.
Después de aquel día comencé a escuchar su nombre de vez en cuando. Le he vuelto a ver varias veces, y en todas las ocasiones tenía ese aire. En todas menos la semana pasada.
Parecía más humano, tuvo palabras cargadas de emoción. Luego, yo estaba sentado, escuchando a los demás. De pronto ví que se sentaba a mi lado, junto con sus colegas. Sonreía y bromeaba. Algo había cambiado.
Es hora de la despedida. Es hora de decir adios. Tiene cáncer, de esos que escriben en piedra las horas que te quedan. Solo tienes tiempo para despedirte. Ni puedo imaginar cómo afrontar una situación así. Ahora entiendo sus palabras, ahora veo lo que realmente le importa.
Un nuevo amanecer, un nuevo día… no hay tiempo que perder.
Me temo que pasadas las elecciones, se acabó el programa de Milá, y se acabó escuchar al pueblo. Hay cosas más importantes encima de la mesa, como un montón de carteras que repartir. Pero, si nuestras acciones no van más allá de coger a un grupo de frikis y pintarlos de rojo en pelotas frente a la embajada de Canadá, las 275.000 focas de este año no serán suficientes, y dentro de un año volveremos a hablar de este tema.

